miércoles, 3 de mayo de 2017

Palabreos de la abuela Eulalia.

Como regalo de cumpleaños recibí un libro de mi amigo Enrique Muñoz Abarca, que complementa el artículo escrito anteriormente "Dichos de mi Abuela" en esta web, y por su aporte a la literatura y las vivencias que acá nos cuenta, la publicamos para el deleite de nuestros amigos lectores.



ABUELA EULALIA

“... Cuando de Colchagua vine, fingiendo la pena mía,
 en las aguas de la noche la luna quedó dormida,
 y las estrellas llorando,  me dieron la despedida...

                                          Raúl de Ramón


    “... Recuerdo que los soldados entraron a la casa y dijeron: ¡tranquilo, Fierro, tú te quedas para reparación de armas... y dile a los huevones de tus hijos, que se escondieron en el entretecho, que bajen no más porque también se quedan para ayudarte - contaba mi abuela Eulalia-”.



    Así refería un episodio de la revolución del 91, cuando fue depuesto el Presidente Balmaceda, quien posteriormente optó por el suicidio.  De manera que, sin cuentas claras y aunque hubiera estado en sus primeros años de vida conciente, tiene que haber empezado sus días allá por el año 88, más o menos.  Vio morir el siglo antes pasado y nacer el anterior, con todo lo nuevo y que ella nunca alcanzó a digerir.  Habría sido mucho pedirle al intestino de la modernidad...
    Lo que siempre fue vela, pasó a ser ampolleta, alimentada por un tipo de energía que tampoco entendía, pero que le tenía un miedo “parido”, porque, según ella, cuando agarraba, la persona quedaba pegada y lo sacaban muerto y hecho carbón...”


Tampoco pudo seguir gozando de la cocina a leña porque enhollinaba
mucho  y, por último, porque ya la leña salía más cara que el gas.  Se vio, en cambio, enfrentada a un monstruo metálico que podía explotar en cualquier momento, porque el gas “...es cosa seria y sólo basta una chispa para salir volando y ¿cuánta gente no se ha asfixiado y muere sin darse cuenta siquiera - alegaba -, y la radio...¿cómo es esto de escuchar a distancia?, y el cine y el aeroplano, y el primer Ford T que llegó una noche que había misiones en Santa Cruz y que el beaterío huyó en estampida ante semejante artificio del demonio.  Y la televisión ¡ni muerta!, porque si tengo buena vista es porque nunca he mirado el sol de frente, y van a ver si no quedan todos ciegos por mirar la electricidad todo el día - sentenciaba-; y el hombre en la luna...¡mentiras, si son fotos que ponen, miren que el hombre va a llegar tan lejos...já!.

    Ahora pienso, fue bueno que ni tratara siquiera de entender el nuevo siglo, porque daba la mismo; no habría alcanzado a comprender ni la mínima parte. (Ahora pienso que mis nietos ya deben estar comentando algo parecido del pobre tata.)

    Nació en la zona de Santa Cruz, según recordaba, hija de don Tiburcio Fierro y de doña Miguelina Iturrieta, mis bisabuelos, todos lugareños del sector.
    Recordaba una infancia campesina, junto a sus hermanos Jorge y Venancio; este último, el mejor volantinero de la zona - decía -.  Todo fue vivir, simplemente, hasta que se enamoró del que fue mi abuelo; don Mardoqueo Labarca, tonelero de profesión y, como tal, “pájaro de vuelo largo”. Se contrataba en los fundos hasta cumplir con todos los requerimientos de  envases (a la modalidad de la época).  Luego cobraba su paga y acto seguido se constituía en el garito de juego, donde perdía hasta el último peso.

    Volvía entonces, desplatado, pero con ganas y sin más ni más, le fabricaba otra guagua y se volvía a su faena campesina para regresar cuando el “encarguito” ya estaba nacido y criado.
    La situación se mantuvo por años, con hijos vivos y otros muertos en el camino y una madre que siempre supo poner “pecho al frente”, hasta que un día le cerró definitivamente la puerta y las extremidades inferiores a su cónyuge y “Labarquita”, para sus amigos, pasó a la historia con toneles y todo.

    Desde entonces mi abuela se apegó a su última hija soltera, mi madre,  y permaneció a su lado hasta el fin de sus días, acusando una presencia que el tiempo apenas desdibuja y cuyo recuerdo alimenta estas páginas.  En su larga vida (descendiente de longevos), sobrevivió a varios de sus propios hijos y también a mi padre.  Él, como buen cristiano, la aceptó como una forma de hacer méritos con vistas a la vida eterna.

    La abuela Eulalia era portavoz de épocas pasadas y heroicas.  Impelida por las circunstancias, se hizo costurera y era contratada periódicamente por don Raúl de Ramón (padre del folklorista), dueño del gran fundo de Santa Cruz.
    “...Era todo un señor - aclaraba mi abuela-, grande, fachoso... pero tenía un puro defecto - y aquí bajaba la voz por si hubiera algún testigo comprometedor - era masón... de esos que se burlan de la religión y son capaces de escupir en el crucifijo porque dicen que es puro yeso no más...habráse visto, y hablaba algo así como que la razón no necesita de santeríos,  qué les parece semejante atrocidad?”

    Pero fuera de estos pequeños detalles,  la estadía en el fundo era agradable.  Junto a su prole, sacaba toda la “pega” de costuras para toda la gente de la casa patronal y para todo el año.  Una especia de veraneo modesto que reportaba algunas ganancias para enfrentar las “vacas flacas”.

    Por mi parte, me tenía que ligar a una difícil tarea: acompañar a dormir a la abuela.  Nuestras casas eran próximas y colindaban por los pies de sitio.  Pero eran, también, mundos  opuestos.  Alojar con la abuela significaba retroceder varios años en las formas de vida.  La luz se cortaba al poco rato de obscurecer (por el peligro de incendio, era el argumento) y de allí en adelante,  sólo se usaba vela.  La abuela iba y venía por la casa en sus últimos ajetreos diarios, vela en mano, proyectando sombras demoníacas en las murallas.  Todo era semipenumbra, piso rociado y barrido, muebles antiguos y muros desconchados.    Mis principales temores infantiles se nutrieron en tal atmósfera; también, creo, la disciplina imaginativa que me permitió sobrellevar ese mundo pavoroso y que en el futuro me aportó la  capacidad para inventar situaciones...que diablos!

    Luego venía la oscuridad total y el correteo de los ratones, hasta que se descargaba una trampa y mi abuela se levantaba feliz para verificar la presa.
    Pero de día también emergía otra realidad fascinante y entretenida.  Pasaba tardes enteras revisando cajones de muebles antiguos, donde encontraba restos de géneros, botones, revistas, tarjetas arcaicas y todo tipo de cachureos misteriosos, envueltos en aromas de otro tiempo.

    Vinieron nuevas generaciones y la abuela terminó por diluirse en la década del 70, entre sopas de avena, agüitas de hierba, rezos, laxantes y una época que llevó consigo, porque le pertenecía a ella solamente  y ya no había nadie con quien compartirla...