domingo, 28 de mayo de 2017

Música Popular Chilena. Parte 13.

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Aprovechando que este lunes 22 de Noviembre 2010 es el "Día de la Música" y ya habiendo celebrado este 4 de Octubre, el Natalicio de Violeta Parra y que este acontecimiento queda marcado como el Día Nacional de la Música Folklórica, este "Día de la Música", que se celebra en todo el mundo el 22 de noviembre, en honor a Santa Cecilia, Patrona de la Música, traeré para ustedes un escrito de un musicólogo chileno, que es citado profusamente en estas páginas, me refiero a Juan Pablo González*.

* Juan Pablo González Rodriguez es Musicólogo Pontificia Universidad Católica de Chile. Hoy
Director del Instituto de Música de la Universidad Alberto Hurtado SJ de Santiago.

En la Revista Patrimonio Cultural de la Biblioteca Nacional de Chile, Nº 51 de Diciembre de 2009, dedicada al Centenario de nuestro país, escribe un artículo, titulado "De canciones y centenarios. Para bailar: un tango", y con este buen artículo, donde nos habla de folcklore, pop, rock, etc. nos adherimos a la celebración del "Día de la Música".


 

Los dejo con Juan Pablo González...

De canciones y centenarios.
Para bailar: un tango.


Para el autor, en el pasado, más que canciones creadas especialmente para fechas como la del centenario, encontramos temas que, por coincidencia o no, se popularizaron en ese determinado momento.
Por Juan Pablo González Rodríguez

La presencia de canciones alusivas a nuestras celebraciones republicanas ha sido constante a lo largo de estos doscientos años, aunque en el Bicentenario aparece, por primera vez, la iniciativa de contar una canción oficial para esta conmemoración. En el pasado, también nos encontramos con canciones de distinta motivación y naturaleza que sencillamente se popularizaron en el momento en que celebrábamos el Centenario y el Sesquicentenario.

Si fue coincidencia o no con lo que vivíamos los chilenos, es una pregunta que este ensayo deja abierta.

Hablar de las canciones del Centenario es, en gran medida, hablar de la música en el salón, donde se mantenía la intensa actividad artística y social lograda en el siglo anterior, con el piano como instrumento rey. El salón era presidido por el piano, que ocupaba la misma condición de mueble burgués que había adquirido en Europa a mediados del siglo XIX. En su novela Hogar Chileno, de 1910, Señen Palacios, nos describe el momento culmine de la velada del salón:

"El doctor Pino condujo del brazo a Clorinda, la señora del diputado, para que tocara el piano; la que, después de sacarse con mucho despacio sus largos guantes blancos, i buscar en el álbum de música la pieza deseada, en medio del silencio jeneral que se hizo dio comienzo a 'Rapsodia Húngara', tocada con toda la virtuosidad de su carácter nervioso i temperamento romántico, llena de contorsiones artísticas, de éxtasis místicos i aspavientos clásicos."

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En los salones del Centenario se tocaba música de cámara, se cantaban arias de óperas y se practicaban bailes decimonónicos, como las cuadrillas, el vals, la mazurka y la polka. Estos bailes también alimentaban el repertorio de estudiantinas, bandas, y cantoras campesinas con arpa y guitarra, las que practicaban desde hacía más de un siglo un folklore derivado primero del salón aristocrático y luego del salón burgués.



4 PIEZAS (mazurka-recuerdos-habanera y schotis) de J.A.Esteban -Cuarteto de Plectro "Sempre Piu".




Tonada y folklore.

En salones y casas de canto, que eran el equivalente popular del salón, se entonarán muchas de las canciones que marcaron el Centenario de la República. Este es el caso de El copihue rojo (1906), canción de inspiración mapuche sobre décimas de Ignacio Verdugo Cavada, con música de Arturo Arancibia, donde el copihue sirve de metáfora para evocar el dolor y la desolación de un pueblo derrotado.

El copihue rojo", José Véliz en arpa.


También se cantaba El martirio, la más antigua de las tonadas del folklore en nuestro acervo discográfico, grabada hacia 1910 en Santiago por Mundial Records, en una versión para tenor y piano. Finalmente, se bailaba un tango, llamado justamente Emancipacio'n, del argentino Alfredo Bevilacqua, escrito en homenaje al Centenario de la independencia de Chile con motivo de la visita a Argentina del vicepresidente chileno Emiliano Figueroa, para las celebraciones del Centenario del país vecino.

El advenimiento de los aparatos reproductores de música y los cambios en la sociabilidad urbana producidos a partir de los "locos años veinte", llevó al salón a un inevitable final como espacio primordial de socialización y práctica musical doméstica. Primero fue el auto-piano el que restringió la capacidad de hacer música en casa, pues con un mecanismo adaptado a un piano vertical, una pianista como Rosita Renard, por ejemplo, podía ser escuchada en cualquier hogar chileno convenientemente equipado.

Luego será el fonógrafo de cilindros y la Victrola de discos, con los que llegarán más músicos profesionales al hogar, en especial los directores y las grandes orquestas, que de otro modo no podían ser escuchados en casa.

Con estos avances tecnológicos y con los que estaban por venir, pasamos de auditores activos a auditores pasivos, condición que hemos sostenido hasta el día de hoy mientras mantenemos la práctica doméstica de la música restringida al guitarreo adolescente en la habitación. En todo caso, fue del guitarreo del Sesquicentenario de donde surgieron las bandas chilenas de rock y los conjuntos de nueva canción.

La década del Sesquicentenario fue prodigiosa para la música popular chilena, pues convivieron todas nuestras expresiones de raíz: música típica, proyección folklórica, neofolklore y nueva canción, junto a las primeras manifestaciones de la fusión. Asimismo, vivimos el paso del rock and roll al rock, cantando en inglés y en español; la balada romántica alcanzó el sitial preponderante que mantiene hasta hoy, apoyada por los festivales de la canción y la televisión; y se construyeron lazos entre la música docta y popular, con la aparición de las cantatas y el trabajo de compositores junto a grupos populares.
Finalmente, fue también en los años sesenta cuando Violeta Parra vivió la culminación de su carrera, creando el conjunto de canciones de mayor trascendencia que ha producido la música chilena.

El Sesquicentenario.

Durante su estada en Concepción a fines de los años cincuenta, Violeta Parra había comenzado a escribir canciones de contenido social, destacándose su tonada-manifiesto Yo canto la diferencia, escrita con motivo del Sesquicentenario de nuestra Independencia. Dice la octava estrofa:

Por eso, su Señoría, / dice el sabio Salomón, / hay descontento en el cielo, / en Chuqui_y en Concepción. / Ya no florece el copihue /y no canta el picaflor. / Centenario de dolor.

Esta es una larga canción de trece estrofas sin estribillo, que suma recursos de la tonada y del canto a lo poeta, en una temprana muestra de su fructífera tendencia a la mezcla. Con Yo canto la diferencia, Violeta Parra reaparece en el octavo volumen de El folklore de Chile (Odeon, 1960) pero ahora con un disco dedicado a sus propias composiciones. El folklore es ella.

"Yo canto la diferencia", Violeta Parra.



En el momento en que los chilenos conocían la queja y el manifiesto de Violeta, el Teatro de Ensayo de la Universidad Católica estrenaba La Pérgola de las Flores de Isidora Aguirre y Francisco Flores del Campo, llenando un largo vacío en materia de comedias musicales, con ciertos elementos, también, de crítica social.

"Que será lo que me pasa", Carmen Barros.



A La Pérgola se suman dos canciones de muy distinta naturaleza que marcarán masivamente el año del Sesquicentenario: La novia, de Joaquín Prieto, estrenada en Chile en 1960 por Antonio Prieto, quien la incorporó a su repertorio grabándola en México y produciendo su enorme impacto en Argentina; y Baby I Don't Care -Nena, no me importa-, el primer single RCA de Peter Rock, basado en un rock and roll grabado por Elvis Presley tres años antes en su película Jailhouse Rock y que daba inicio a la nueva ola.

En el Bicentenario se seguirán entonando en Chile una gran cantidad de canciones que, si bien estarán acorde con los altos índices históricos de producción y consumo musical en el país, resultarán especialmente diversas en estos tiempos de globalización.

Sin embargo, tal diversidad ha sido amalgamada por lo global, que necesita del manto conciliador del pop para unir cuanta música pase por delante. Incluido el folklore.
En efecto, después de cooptar el rock en los años ochenta y el jazz en los noventa, al pop le faltaba apoderarse del folklore, apropiación que marca el comienzo del nuevo siglo y de nuestro Bicentenario. De este modo, la canción seleccionada por la Comisión Bicentenario como canción oficial de las celebraciones de los doscientos años de independencia, Fuerza de la libertad de Juan Carlos Duque, es, ni más ni menos, una canción pop con"algo medio altiplánico", como la define su autor.

"La fuerza de la libertad", Juan Carlos Duque.



La falta de autenticidad del pop ha sido algo muy discutido en relación al rock y al jazz, géneros que aparentemente sucumbieron al manto conciliador del pop. La artificialidad de aquello medio alriplánico en Fuerza de la libertad, se manifiesta de varias maneras, una de ellas es el hecho de que los cuatro instrumentos andinos incluidos en la canción, los toca y graba una misma persona.

No hay un conjunto andino, sino que una imitación del sonido resultante, lo que está muy bien hecho, por cierto. Esta es una de las características del pop: su buen diseño o, más aún, lo modélico de su factura para el resto de los géneros musicales. Incluido el folklore.

¿Será posible celebrar nuestro primer Bicentenario a ritmo del pop?

Total, ya lo hicimos a ritmo de tango en el Centenario. Por suerte nos queda la cueca, con la que venimos celebrando cotidianamente nuestra Independencia y la que ha sabido mantenerse, hasta ahora, incólume a los interesados guiños del pop. rpc

Fotografías: 1) Conjunto musical. Colección Archivo Fotográfico Museo Histórico Nacional. 2) Conjunto musical. Colección Archivo Fotográfico Museo Histórco Nacional.