viernes, 19 de mayo de 2017

Música Popular Chilena. Parte 11.



Cuadernos Bicentenario es un libro hecho por nuestros 200 años, en el existe un tema titulado "En busca de la música Chilena", donde entrevistan a diferentes chilenos relacionados con nuestra cultura.

"Folclore y Cultura Chilena", en el ánimo de que nos llenemos de identidad y de nuestra cultura, a través de estos escritos (es importante que conozcamos todo lo relacionado con Chile), invita a José Miguel Varas, escritor, Premio Nacional de Literatura  2006, con su escrito de Patricio Manns.
Los dejo con José Miguel Varas...


 
"En busca de la música chilena" (Cuadernos Bicentenario)    
Por José Miguel Varas. Premio Nacional de Literatura 2006


VII. Impromptu de Manns.

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Patricio Manns es una de las grandes figuras de la música chilena del siglo XX, como compositor, autor de las letras e intérprete de más de 120 canciones, entre ellas algunas de las más bellas que se hayan escrito en esta tierra.

Es además uno de los escritores chilenos más notables del siglo, autor de una decena de novelas. Una de las más  extraordinarias escritas por él es “El corazón a contraluz”, inspirada en la vida del aventurero rumano Julius Popper, buscador de oro, quien inició en el siglo XIX la matanza en gran escala de los aborígenes fueguinos onas o selk’nam, hoy extinguidos, y quiso crear un Estado separado de Chile en Tierra del Fuego, para anexarlo a Rumania; “Actas de Marusia”, sobre una de las masacres de los trabajadores del salitre; “Actas del Alto Bío Bío”, sobre la “pacificación” de la Araucanía; “Buenas noches los pastores”, en torno al terremoto de 1960, etc.

También ha publicado libros de cuentos, poemarios como “Memorial de Bonampak”, inspirado en los códices mayas descubiertos en ese lugar y libros de ensayos y reportajes, como “La revolución de la Escuadra” y “Chile una dictadura militar permanente”, además de uno de los mejores retratos literarios de Violeta Parra.

Participó desde sus comienzos en el movimiento de la Nueva Canción Chilena y fue uno de sus principales portavoces y teóricos. En 1966 escribió un “Primer Manifiesto de la Nueva Canción”, documento de tono poético, definitorio del sentido del movimiento y del momento histórico en que nace, que fue publicado en la revista “Ritmo”. Una cita:

“Cuando la Poesía abandonó los lindes –bellos, pero estrechos al fin- del corazón humano y salió a bucear la vida en toda su dimensión; cuando metió los dedos en el trabajo, en el garito, en la cárcel, en los hospitales, en los vicios, en los fusiles, en la guerra sin nombre y sin causa, para nadie fue un misterio que la Poesía comenzaba a ensanchar cada vez más sus horizontes. Pero ocurre que cuando ese mismo proceso alcanza a nuestra canción (y la canción también es poseída) un pequeño sector, frustrado y oscuro, aboga porque ella permanezca en el ciego metro de tierra que ocupaba sin usar –a diferencia de los pájaros- las alas que su propia naturaleza le concede. (Y la canción también debe ser pájaro)”.

Su conversación puede ser, es en ocasiones, caudalosa y torrencial. Durante varias horas, en su casa de Higuerilla, cerca de Concón, habló de sus orígenes, de las Peñas, de sus compañeros de la Nueva Canción y de su vida. Lo que sigue es una versión textual aunque, por razones de espacio, abreviada, de sus palabras.

2086983512_ca6f89ca84.jpgSIN LUZ, ENTRE DOS PIANOS.

“Yo nací en Nacimiento, antigua provincia de Bío Bío, cerca de Los Angeles, un pueblo donde hay un fuerte español de 1603. La cosa de la música a mí me vino porque mi madre tocaba piano. Ella estudió en la Escuela Normal de Angol y dirigía el coro de la Normal. Luego estudió piano, con profesores o tal vez con las monjas, no lo sé, pero fue la más música de la familia, en el sentido que sabía leer y tocar cualquier partitura.

Mi padre era un pianista de jazz aficionado. Fue discípulo de Armando Carrera, el autor de “Oh, dulce amor mío, bailemos este vals”. El vivía al lado de mis abuelos en Los Angeles, cuando mi padre era chico y Armando Carrera no tenía piano. Entonces para tocar y componer venía a la casa de los Manns, donde había un piano de cola, grande y había doce pericos o sea, doce hermanos. Mi padre aprendió a tocar el piano, pero no por música. Improvisaba, tocaba jazz. Y parece que Carrera tampoco sabía música, era tocador así no más, del piano.

En mi casa había dos pianos. Mi madre se sentaba en uno y mi padre en el otro, de espaldas a ella. Ella tocaba Chopin clásico y mi padre la acompañaba siguiendo la misma melodía pero dándole ritmo de jazz. El era de origen alemán, pero nacido en Los Angeles, que está muy cerca de Angol.. Se conocieron en la Normal y empezaron a trabajar en Nacimiento. El era ingeniero agrónomo y administraba fundos.

En fin, se casaron y volvieron a Nacimiento. Mi padre empezó a hacer clases de agricultura en los colegios donde mi madre enseñaba. Después ella se dedicó a las escuelas-internados, para la rehabilitación de niños en situación irregular. A esas escuelas iban los chicos de las familias más pobres, niños y niñas que habían estado un año, dos años o más abandonados. A veces, medio delincuentes, alcohólicos prematuros, niñas violadas por sus padres…

Estos menores en situación irregular iban a parar a esas escuelas. Algunos llegaban siendo guaguas. Los pescaban durmiendo de a catorce o más en una pieza y generalmentre se escogía uno, el más chico, que era el que se salvaba. No había posibilidad de acogerlos a todos. Después no los soltaban hasta que hacían el servicio militar, o sea que hasta los 18 años los tenía en el internado. Ella fundó 36 de estas escuelas a lo largo de Chile, en un peregrinaje que llegó hasta Chiloé.

isla-chiloe_tres.jpg

Eramos cinco hermanos y no había luz en la casa, la que recuerdo, en Nahuelbuta. No había electricidad. Pero yo ya tenía conciencia de lo que era la música. Nos sentábamos los cinco hermanos en medio de los dos pianos y ellos, mi padre y mi madre tocaban un par de horas en la oscuridad creciente. Esa era la única música que escuchábamos. No había radio, no había televisión, no había nada, no había luz.

Partimos con esa formación, por un lado lo clásico de mi madre y por otro el jazz. También canciones populares que mi padre cantaba a veces acompañándose en guitarra. En ese instrumento empecé a tocar guitarra sin que nadie me enseñara, a buscar las armonías solo. Mi padre me enseñó algunas, él tocaba zambas argentinas, gatos, chacareras. Porque en Chiloé, donde estuvimos después, sí que había luz y las radios que se escuchaban eran las radios  argentinas que estaban al ladito, a unos 300 kilómetros. Las de Santiago apenas llegaban, porque estaban mucho más lejos, a 1.500 kilómetros o más.

Yo estudié hasta la 6ª preparatoria no más, en las escuelas que dirigía mi madre. Después me mandaron a estudiar a Traiguén y a Angol, pero nunca pude pasar de curso. No logré terminar el 1º de humanidades, porque me echaban.

DEL CARBON AL PERIODISMO.

Escribí mis primeros poemas a los ocho o nueve años de edad. En Chiloé había mucha gente que tocaba guitarra, entonces aprendimos muy temprano a tocar el instrumento. Luego formamos conjuntos y empezamos como todo el mundo cantando boleros y esas cosas y después terminamos con zambas y canciones del folclor. A Chiloé llegué como a los catorce años. Y después, a los 17, me casé. Tuve un hijo y me fui al camino, a trabajar.

De Chiloé me vine haciendo pausas y trabajando en lo que fuera, hasta que llegué a Lota. En 1957 empecé a trabajar en las minas de carbón. Me tocó cumplir turnos en el famoso “Chiflón del Diablo” de Baldomero Lillo. Aprendí por experiencian directa que “en Lota la noche es brava”.

"En Lota la noche es brava", Patricio Manns.


Mientras estaba en las minas, me iba los sábados y domingos que tenía libres, a Concepción. Allí establecí relaciones con don Arturo Molina, director del coro filarmónico de la Universidad. Y había además un cuarteto de voces masculinas llamado “Los Andinos” y con ellos comencé realmente mi carrera musical. Les mostré mi canción “Bandido”, que había compuesto en Chiloé. Claro que con el tiempo la fui corrigiendo, arreglando y terminó en una buena canción. Estos gallos se entusiasmaron y decidieron llevarla, como canción inédita, al Festival de Cosquín, en Argentina, cerca de Córdoba, un gran festival de música folclórica del que han surgido figuras como Mercedes Sosa, César Isella y muchos otros solistas y conjuntos premiados. ¡Y ganaron el festival con mi canción! .

En 1961 me fui a vivir a Concepción y entré a la radio “Simón Bolívar”, de periodista. Hacía reportajes y crónicas sobre temas de actualidad. De la radio pasé al diario “La Patria”, que era un diario conservador. No me tocó salir a reportear. Apenas llegué el director me hizo escribir una crónica, yo le escribí una más o menos (más o menos el descueve), cuidadosamente, sin faltas de ortografía y… entré en funciones. El director tenía ciertos problemas. Me dejaba de guardia y, a cierta hora, desde cierto lugar, me llamaba por teléfono y me decía:

 “Manns, hágase cargo del editorial. No se me ponga pasado para la punta, porque yo estoy aquí y usted sabe…”

Me tenía plena confianza y yo se la tenía a él. Se pegaba sus trancas más o menos seguido y llegaba al diario pálido, temblando. Tenía una botella de whisky en un cajón del escritorio. Conmigo era muy buen gallo, me dio muchas facilidades y de hecho fui subdirector del diario. En fin, estuve allí un tiempo más y a fines de 1962 me vine a Santiago.

En el Bosco conocí una noche a Mario Gómez López y también a varios escritores, entre ellos Mario Ferrero. Mario Gómez me llevó a la Radio Balmaceda, donde trabajaban el “Chino” Guillermo Ravest, Rafael Kittsteiner, Miguel Budnik y otros próceres del periodismo. Para cubrir una vacante, se formó una terna de postulantes. Y la pega fue para mí. Así comencé a trabajar como reportero.

Por ese tiempo vinieron a Chile los Trovadores del Norte, un grupo argentino que cantaba “Puente Pexoa”, “La zamba del río” y otras canciones que fueron muy populares. El conjunto se componía de cinco voces, un tenor, un segundo tenor, dos barítonos y un bajo. Fue el modelo en que se basó el “Chino” Urquidi para organizar sus famosos “Cuatro Cuartos”.

 Estos “Trovadores del Norte” organizaron un concurso y de nuevo mi “Bandido” resultó triunfador. El premio era grabar la canción en Buenos Aires y así quedé establecido, digamos, como compositor.
En ese entonces yo ya cantaba, pero no lo había hecho nunca en público. Cantaba en mi casa, en algún bar. Bueno, hubo un carteo con Los Trovadores, les envié otras canciones que compuse y una de ellas, que incorporaron a su repertorio y grabaron, “La Tregua”; pegó de tal manera, que estuvo como seis meses en el primer lugar en Buenos Aires. Es una canción antibelicista, fue muy conocida en Argentina pero acá en Chile no pasó nunca nada con ella. Con aquella experiencia podría decir que comencé a profesionalizarme en la música, como autor y cantante, pero seguí de periodista.

En 1964 dejé la radio y me fui junto con Guillermo Ravest, Ligeia Balladares, Alfonso Alcalde y otros al departamento de Prensa, en el comando de la tercera candidatura presidencial de Salvador Allende. En ese tiempo Allende hizo su famoso epitafio: “Aquí yace el futuro Presidente de Chile”. O tal vez no lo inventó él, sino el Negro Jorquera. Hice toda la campaña con él. Me tocó acompañarlo a todas partes, desde el Norte hasta Coihaique y Punta Arenas, cumpliendo funciones de periodista. Un trabajo agotador.

RETORNO A LA MUSICA.

pe_a_de_los_parra.jpgA comienzos de 1965 viene el vuelco fundamental de la historia. Había comenzado a trabajar en el entonces Canal 9, de la Universidad de Chile. Mi tarea era seleccionar y redactar los cables, y montar las noticias que venían de afuera con imágenes de archivo. Estando en eso, aparece un día el “Chino” Urquidi con la Chabela, Isabel Parra, que viene llegando de Francia con el Angel. Me la presenta y ella me dice: “He escuchado unas canciones tuyas grabadas por Los Cuatro Cuartos”, y me invita a conversar con el Angel, esa tarde en la Peña. Muy bien.

Fui después de la pega a la casa de Carmen 340 y entonces el Angel nos propone hacer una peña en que participemos los cuatro, es decir, Rolando Alarcón, la Chabela, el Angel y yo.

Yo tenía entonces unas seis canciones escritas. Era poco. A veces tenía que cantar zambas porque no había suficiente material. Así que me puse a componer otras canciones.

Un día llega Camilo Fernández  que tenía un sello de grabaciones. El tenía contratados como sus artistas a los Parra y a Rolando Alarcón. Me dice: “Oye, Patricio, ¿por qué no grabas conmigo? Sería bueno tener a toda la Peña en el mismo sello disquero. Así podrían hacer combinaciones entre ustedes, hacer dos voces, hacer cuecas, hacer cosas instrumentales…”.

Yo le dije: “Listo. ¿Qué hago?”

“Anda mañana a mi oficina en la mañana y me muestras las canciones que tienes, a ver si hacemos un disco”.

Yo llegué allá, le mostré lo que tenía: “Bandido”, “El andariego”, “En Lota la noche es brava”, “La tregua”, no me acuerdo qué mas. Le mostré las seis canciones que cantaba todas las noches en la Peña.

Me dijo: “Esto no basta. Pensaba que tenías algo más”.

Entonces, en un súbito arranque de irresponsabilidad le dije: “Mira, viejo, dame esta noche. Yo mañana al mediodía te traigo una canción nueva”.

La verdad es que yo no sabía qué iba hacer. Claro, yo estaba escribiendo, había adquirido técnicas de composición y sabía más o menos cómo me estaban saliendo las canciones. Pero apostar a una canción nueva todavía no escrita, era difícil. Me fui a mi departamento con un chuico de vino, varios paquetes de cigarrillos y me encerré. Con llave para que no entrara nadie.

Empecé a pensar en un tema, un texto, que hacía un tiempo me daba vueltas y salió la cordillera. Esa noche salió, eso debe haber sido a fines de abril de l965. Trabajé la canción horas de horas, la grabé, la corregí, la recorregí al día siguiente. No dormí en toda la noche y al día siguiente me presenté en la oficina de Camilo y le dije:

“Aquí está la canción”.

La escuchó y casi se murió. Me dijo: “¡Puta madre! ¿Y esto de donde salió?”.

“No sé”, le dije “la hice anoche”.

“Ya, la grabamos esta misma tarde. Así que andate a dormir al tiro”, porque veía que tenía una cara desencajada, “para que estés con la voz más descansada. La grabamos esta noche a las seis. Voy hablar con el Chino Urquidi”.

Lo llamó, le puso la cinta y el Chino me dijo: “¿De dónde sacaste esta canción? La grabamos inmediatamente con los Cuatro Cuartos”.

Entonces yo le dije: “Chino, no. Esta canción tengo que grabarla yo, porque aquí se trata de mi carrera. Yo empiezo a ser cantante y ya que me metí en esto, aspiro a llegar arriba, así que acompáñame”.

El Chino hizo los arreglos gratuitamente, contrató a dos de “Las cuatro brujas” y con él formaron el trío que acompaña aquella primera versión de “Arriba en la cordillera”, esas voces que hacen bam-bam-bum. Esto fue para mí realmente algo maravilloso.
Camilo le dio la cinta a Ricardo García y Ricardo se volvió loco con la cinta y la pasaba 40 veces al día en todos los espacios de radio Minería. Después la grabaron otras radios, la pasaron en Corporación, en la Portales. Era una locura, llegaba a la casa, prendía una radio y ahí estaba, cambiaba el dial y de nuevo “Arriba en la cordillera”. Yo ya estaba enfermo con la historia.

"Arriba en la cordillera", Patricio Manns.



Y en las revistas nadie conocía a Patricio Manns. Yo trabajaba en la Peña, pero ese era un público reducido. Entonces los periodistas de espectáculo empiezan a preguntar: ¿Quién es Patricio Manns? Hubo hasta concursos, a ver quien capturaba a Patricio Manns. Al final le di una entrevista a “El Musiquero”. Publicaron una famosa foto en la que aparezco con el pucho en la boca y vestido de negro. Y empezó a tejerse toda una historia de cuatreros, que yo alimentaba vistiéndome siempre de negro y con un pucho apagado en la boca. Como para crear la imagen.

ORIGEN DE UNA CANCION.

Muchas veces me han preguntado cuál es el origen de “Arriba en la cordillera”, si efectivamente mi padre se dedicaba al contrabando de animales, etc.

Resulta que en cierta época, cuando yo estaba viviendo en Nacimiento, fui a ver a mi primo Jaime, hijo de mi tío Claudio y de la hermana de mi padre, la Olga Manns. Esto tengo que contártelo porque explica el resto. Jaime era re borracho y yo también. Entonces empezábamos a chupar, comprábamos chuicos, andábamos a caballo. Era un fundo inmenso, andábamos con los patrones para arriba y para abajo y veíamos unas chinitas que éste se llevaba a la casa. Era el típico patrón. Claro que le ponía demasiado, murió cirrótico pocos años después.

Yo estuve allá con mi primo, porque me habían propuesto no sé qué cosa y necesitaba plata. Fui a sondearlo a ver si me pasaba un poco y me di cuenta que cada vez que le daba sed vendía un pedazo del fundo para salir a tomar. Se había comprado un camión y una noche me dijo: “Vamos a quemarle el aserradero a mi padre, porque el tal por cual…”, no sé qué historias. La verdad es que estábamos borrachos. Fui con él a quemar el aserradero y le prendimos fuego. Pero, ya dije, estábamos curados y lo hicimos mal, entonces no ardió el aserrín y los gallos que cuidaban salieron. Nosotros nos escapamos pero nos vieron y le dijeron al tío Claudio y el tío nos demandó judicialmente por incendiarios.

En vista de esto nos fuimos a caballo a Los Angeles, son unos 40 kilómetros. Allá nos fondeamos. El tenía unos amigos, porque había estudiado en el Liceo de los Angeles, tenía unos compadres por ahí en un campito y ahí nos quedamos. Como andábamos medio asustados con la cosa de que nos iban a meter presos, me dijo: “Oye, Manns, yo me voy a Santiago. Pero te voy a decir una cosa, tienes que esconderte, lo mejor es que te vayas para arriba”.

Hablé con uno de aquellos compadres y me dijo: “Mire, tome este camino para arriba, para el paso de Atacalco. Es camino de tierra, pero usted va a llegar solito, allá no hay guardias, no hay fronteras, no hay nada”.

Agregó otras indicaciones muy precisas. El lugar indicado estaba a unos dos mil metros de altura sobre el nivel del mar. Hice el camino y, llegando, como me habían dicho a un lugar donde había unas cabañas me presenté y me encontré con unos gallos que eran como del siglo XVIII.

Les dije: “Yo soy Patricio Manns. Vivo en Nacimiento, pero tuve un problema con las autoridades y me dijeron que me convendría quedarme aquí un par de semanas”.

Me contesta uno de ellos: “Habéis hecho bien”, así hablaban, “habéis hecho bien, vuestra cabaña será aquella”.

Me indicaron una cabaña desocupada. Participé esa noche en una comilona, había una guitarra, empezamos a tocar, a cantar. Nos hicimos más o menos amigos. Todos tenían grandes mostachos caídos y usaban unos sombreros en punta y con el ala hacia abajo, parecidos tal vez a los bonetes maulinos. Ellos los llamaban cucalones.

Ya con más confianza les pregunté: “¿De dónde vienen ustedes y por qué hablan así?”
Me respondieron: “Nosotros hemos nacido aquí y de aquí somos”.
“¿Pero por qué hablan así… como hablan?”
“Es nuestra lengua”.
“¿Y ustedes saben en qué país están viviendo?”
“Creemos que es Chile”.

Poco a poco me empezaron a contar y me di cuenta de cómo vivían. Se pasaban el día entero pescando, la laguna del Laja estaba muy cerca. Aparte de pescado, generalmente comían carne de caballo. A veces carne de vacunos que traían de otros lados. Pero su tarea principal era traer animales del otro lado. Casi siempre los vendían en Los Angeles o en Mulchén, donde había mercados de reses. Bajaban a Los Angeles una vez por semana, cuatro o cinco horas a caballo, llevando sus arreos de animales y de vuelta traían sus chuiquitos y sus provisiones en carretas porque allá arriba no se podía sembrar nada.  

Un día contestando mis preguntas de cómo atravesaban la Cordillera uno de ellos me explicó: “Nosotros pasamos por tres pasos que hay por aquí: Atacalco, Huiraleo y Pichanchén”, y me mostraba con el dedo. “Están separados varias leguas uno de otro. El de  Atacalco es el primero hacia el norte, y nosotros pasamos por ese. Yo lo voy a llevar mañana para allá, para que vea”.

Fuimos a caballo. Era aterrador. El paso de Atacalco no era más ancho que esta mesa. Piensa lo que es pasar ganado por ahí. Hacia abajo hay un abismo de mil metros. Y hacia arriba un farellón de otro kilómetro. Por ahí había que pasar y pasaban en invierno, cuando el ganado argentino se apega a la cordillera para refugiarse entre los pequeños matorrales que hay abajo y donde se alimentan y están protegidos del viento. Al otro lado hay unas pampas inmensas. Estos hombres esperaban el invierno, se iban al otro lado y de vuelta traían arreos de hasta cien animales. Los metían por el paso y ya el ganado no tenía vuelta atrás, porque el que trataba de darse vuelta se caía para abajo. El espacio era justo, el ancho de una vaca y los jinetes tenían que ir muy despacito en sus caballos y bien pegados a la muralla de piedra.

Todo era piedra y a veces un poco de barro. Llovía y en invierno había nieve. Esto, curiosamente, les permitía a los caballos afirmar mejor los cascos que en el verano, que estaba la pura piedra. Yo nunca fui hasta el otro lado, pero mi acompañante me dijo: “Vamos a llegar hasta aquí, que hay una rotonda para dar vuelta. Porque si no, tenemos que llegar hasta el otro lado para dar vuelta el caballo y volver”.

Ahí me di cuenta como era la historia. No la anoté ni la escribí, solamente la guardé en la memoria. Este gallo me dijo: “Fumémonos un puchito aquí”.

Nos bajamos en el lugar donde justo se podía dar vuelta para volverse. Si no, había que llegar a Contileo. En algunos puntos, donde hay unos derrumbes, unos huecos, es posible dar la vuelta, pero hay que bajarse del caballo y hacerlo con gran cuidado, porque si el animal resbala se va para abajo.

Y mientras fumamos, este gallo me cuenta: “Cuando cruzamos para allá a buscar los animales vamos en fila india. Uno siempre va adelante. Esa vez le tocó a mi padre pero los gendarmes habían sido dateados de que nosotros estábamos sacando ganado de Argentina. Entonces pusieron guardia, hicieron una caseta y ahí nos esperaron como cinco, armados con carabinas. Mi padre paró su caballo en un alto, donde se acaba del paso, empieza a bajar para Argentina y desde abajo le metieron una bala de calibre de este volao y lo mataron”.

Así, tan simple, fue el relato. Yo veía el paso de Atacalco delante de mí, me imaginé la situación, los hombres que pasaban y todo. Nunca lo olvidé.

LA PEÑA DE LOS PARRA

Yo escuché mucha música desde niño. Música para piano de Chopin, de Lizst, de Beethoven, y música de jazz. Después cuando ya había radio, enorme cantidad de música popular de todo tipo: tangos, boleros, canciones norteamericanas, corridos. Soñaba con ir a México. Me emocionaban los boleros y para qué te digo, las canciones rancheras.

"Medianoche"de Patricio Manns. Inti Illimani, solista José Seves.




Después, en los 60 comienzo a escribir mis canciones. Desde fines de los 50 se da ese curioso fenómeno de que simultáneamente en diferentes partes aparece gente que hace canciones de otra manera. Se habla de Nueva Canción Chilena pero debiera ser Nueva Canción a secas porque prosperó al mismo tiempo como en veinte países distintos.

Hablando principalmente de Chile, el problema es bien complejo. Si yo digo lo que tengo como interiorizado en esta materia, mucha gente puede sorprenderse. Creo, por ejemplo, que una de las grandes influencias nuestras fueron los Beatles, que a su vez hicieron la revolución que todo el mundo conoce en la música popular bailable, el rock y la balada. Víctor Jara fue a Londres con una beca del British Council y asistió al lanzamiento de un disco de los Beatles, vio como pegaban afiches en la calle, como organizaron la cosa. Fue a escucharlos en vivo, en un concierto y llegó fascinado con aquella música y toda la historia y con muchas ideas, tanto musicales como sobre el aspecto escénico de las actuaciones de los conjuntos.

Para mí, la Nueva Canción en Chile empieza en abril de 1965 con la Peña de los Parra. Ahí partió la cosa, de hecho ahí llegaron los Inti, llegaron los Quila, llegaron los Aparcoa. Llegó todo el mundo a escucharnos y empezaron a darse cuenta de para qué lado iba la cosa. Además llegó Luis Advis, que fue muy importante para nosotros, porque él mezcla la música clásica, o sea mezcla la técnica y las armonías clásicas, con las armonías populares. Y llegaron muchos más.

Víctor Jara entró a la Peña en diciembre de 1965. Hasta entonces había estado en el Cuncumén y trabajando en el equipo de directores del Instituto del Teatro de la Universidad de Chile (ITUCH). Después que se iba el público nos quedábamos chupando ahí un rato. Entonces un día Angel dijo:

 “Miren, quiero decir una cosa. Nosotros somos cuatro. Actuemos como corporación, nosotros somos los dueños de la peña y somos dueños de nuestras canciones y somos los dueños de este movimiento que estamos lanzando”. (Los cuatro éramos: Angel, Isabel, Rolando Alarcón y yo). Nunca hubo una reunión para estudiar o teorizar el movimiento. Cada cual traía sus canciones y las cantaba la noche siguiente ahí mismo en la Peña. Yo estrené como cuarenta canciones, y los Parra también y Rolando también.

Entonces el Angel propuso: “Quiero que invitemos a la peña a cantar a Víctor Jara”. Yo no conocía a Víctor en ese tiempo. Ellos sí, lo conocían por el Cuncumén. Yo no tenía idea de qué era el Cuncumén en ese tiempo. Lo cierto es que yo no tenía idea de la música chilena que se estaba haciendo. Conocía mucho a los Chalchaleros, a los Trovadores del Norte, pero a la Violeta Parra, la Violeta estaba en Europa. no la había visto ni escuchado nunca, no tenía idea quién era. Además, en ese momento.

Entonces, un día el Angel propone incorporar a Víctor Jara en la Peña. Explicó que era un director de teatro y además muy buen bailarín folclórico, que trabajaba con el Cuncumén en ese momento y quería independizarse para empezar a cantar solo. Se hizo una votación, todos estuvimos de acuerdo y llegó Víctor. Se integró rápidamente. De cuatro pasamos a cinco. Sin duda, su llegada fue algo fundamental en la Peña, una renovación. Era histriónico. Cantaba “La cocinerita” con mucha gracia, con esos falsetes que hacía y la gente lo seguía mucho. Muy pronto llegó a ocupar un primer lugar en los discos. Tenía esa cualidad de saber encontrar los temas que venían con su voz y pronto empezó a componer sus propias canciones.

Y la inquietud por los problemas sociales, la política era otro elemento que compartíamos. En un momento todos éramos comunistas, salvo el Angel, que entró al Partido Comunista en abril o mayo de 1973, cuando Lucho Corvalán lo declara militante.

Salvador Allende iba a la Peña con frecuencia. A veces llegaba con una mina y se sentaba en un rincón por ahí, medio oscuro y pedía que le sacaran las velas. En la Peña se servía solamente vino y anticuchos de corazón, algo durones. El Chicho se quedaba ahí a veces hasta que todo el público se iba. Entonces nos acercábamos a él con nuestros vasos y él tenía su botellón, por supuesto.

Le decían “Presidente” por joderlo un poco. El contestaba: “Soy Salvador, no más”. Y de repente me decía: “A ver, Manns, cántame En Lota la noche es brava”. Le cantábamos desde el escenario. Teníamos un escenario muy chiquitito, con una sillita y estaba más elevado para que el público pudiera ver al cantor. O bien, Salvador le pedía a Angel que le cantara eso de “Yo defiendo a mi tierra”. Era una canción de Rolando Alarcón, que la cantaban los Parra. Y así todos entrecruzados. Los Parra cantaban una chacarera mía, “Ya no somos nosotros”.

Fin del Impromptu de Manns.

Texto y fotografía 1) de la página Web de Patricio Manns. 2) Fotografía de Patricio Manns, de su web. 3) Río Vergara, Nascimiento. Chile. Fotografía del blog Nascimiento Chile. 4)Chiloé, habitantes cruzando un río.5) Casa de la Peña de los Parra, Carmen 340.