viernes, 19 de mayo de 2017

21 de Mayo de 1879. Combate naval de Iquique.



Ya contaremos el por qué (causas) de la Guerra del Pacífico, conflicto bélico entre hermanos que juntos lucharon por su independencia en 1819, cuando el 20 de Agosto de 1920, a las 4 de la tarde partía desde Valparaíso rumbo al Perú, el Ejército Libertador del Perú, confirmando con el nombre, cualquier duda sobre la verdadera índole de la empresa.

Pero, estamos en 1879, donde comienza esta guerra llamada por Chile, La Guerra del Pacífico.

Vamos a la Historia...
Guerra del Pacífico. Combate Naval de Iquique..




FUERZAS DE LOS BELIGERANTES.

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Las fuerzas de los beligerantes eran desproporcionadas. Chile acababa de reducir sus plazas militares. Al estallar el conflicto, su ejército activo no pasaba de 2.500 hombres. Su escuadra poseía dos blindados, el Cochrane y el Blanco Encalada, las corbetas Chacabuco, O'Higgins
y Esmeralda, la cañonera Magallanes y la goleta Covadonga.

Los aliados tenían más de seis mil hombres en pie de guerra y una escuadra compuesta de los barcos acorazados Independencia, Huáscar, las corbetas Atahualpa y Manco Capac: en total, superiores en tonelaje y en velocidad.

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Pero Chile presentaba una organización política y militar muy superior. Más de cuarenta años que vivía tranquilamente dentro de su régimen constitucional. Había orden y disciplina y a la declaración de guerra, todo el país se unió, olvidando rencillas y divisiones políticas. Los cuarteles se llenaron de voluntarios y los particulares pusieron sus bienes al servicio del Gobierno, quien pudo emitir treinta millones de pesos en papel moneda para los gastos de la guerra sin necesidad de recurrir a un empréstito extranjero.

Perú y Bolivia, en cambio, habían estado sujetos a continuas revoluciones, a caudillaje y desórdenes. Ahí habían primado los intereses egoístas y personalesde los caudillos y de sus bandos.

Al estallar el conflicto. Perú y Bolivia expulsan a los chilenos de sus territorios y confiscan sus bienes. Eran más de diez mil hombres, en su mayoría mineros y buenos conocedores del desierto. Con el deseo del desquite por el duro trato recibido, forman la base de los ejércitos chilenos que empiezan a organizarse en Antofagasta a las órdenes de Don Justo Arteaga.

CAMPAÑAS. EL DOMINIO DEL MAR.

La idea de Chile fue imponer la guerra ofensiva. Para ello, debía dominar el mar. La escuadra chilena, al mando del almirante William Rebolledo, bloquea Iquique; pero, prolongándose esto, parte al Callao en busca de la escuadra peruana. En Iquique queda la Esmeralda, al mando de Arturo Prat (1) y la Covadonga, bajo las órdenes de Carlos Condell, dos viejos barcos de madera ya gastados por el uso.

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Sabedor de esto, el almirante peruano D. Miguel Grau, con los
blindados Huáscar e Independencia, rehuye el encuentro de la
escuadra chilena, y rumbea al Sur.

Y el 21 de Mayo de 1879, en la rada de Iquique, se tuvo el épico combate. El Huáscar ataca la Esmeralda, mientras la Independencia, a las órdenes del comandante D. Juan Moore, persigue a la Covadonga que huye al Sur.

Por más de tres horas resiste la vieja Esmeralda las embestidas del
monitor peruano, pero, convertida en un haz de astillas, a las 12.10 hrs. del día desaparece en las ondas. El pabellón chileno, dice una relación peruana, fue lo último que halló su tumba en las aguas de Iquique.

Condell, huyendo al Sur, lograba hacer encallar en un arrecife de
Punta Gruesa a la Independencia. Su jefe arría la bandera y se rinde; pero el Huáscar, que aparece en esos momentos por el Norte, obliga a la Covadonga seguir al Sur.

El combate de Iquique tuvo consecuencias trascendentales. El Perú quedaba reducido a la mitad de su poder naval. Para Chile tuvo sobre todo un valor moral único. La actitud de Prat y de sus compañeros se convirtió en precepto para los combatientes: Luchar hasta la muerte sin fijarse en el poderío del adversario.
El mundo entero participó el entusiasmo y admiración despertados en e! país por la actitud sublime de esos héroes de Iquique "que supieron, como escribía el "Times", de Londres, con un viejo buque
de madera casi cayéndose a pedazos, resistir por tres horas y media contra baterías de tierra y un poderoso acorazado, y concluir con su bandera al tope". Con razón, desde ahora en adelante todo chileno tendrá como ideal igualar a Prat en el cumplimiento del deber.

CARTA DEL GUARDIAMARINA DON VICENTE ZEGERS RECASENS.

Iquique, mayo de 1879,
Señor don José Zeger, Valparaíso.
Querido Papá:

No sé si esta carta pueda llegar a sus manos, sin embargo, confío en ello, y deseando que usted esté al cabo de lo realmente sucedido el 21 del presente, trataré de hacerle una descripción del desigual combate habido entre el blindado peruano Huáscar y nuestra débil, pero gloriosa corbeta Esmeralda. Es natural que no relate muchos de los incidentes de esta horrible tragedia: mas ello es natural, debido en parte al olvido y en parte a lo sensible que me es relatar escenas terribles que es necesario verlas para comprenderlas; sin embargo, trataré de ser lo más explícito posible, y espero que usted quedará satisfecho con mi relación.

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Como lo he dicho en mis cartas anteriores, con motivo de la salida de la escuadra, quedamos como sostenedores del bloqueo el Covadonga y nosotros. Vivíamos tranquilos cumpliendo nuestro cometido y sin sospechar siquiera una sorpresa por parte del enemigo, cuando en la mañana del miércoles 21 avistamos por el Norte dos buques que resultaron ser los blindados peruanos Huáscar e Independencia.
Inmediatamente avisado nuestro querido comandante de la proximidad del enemigo, ordenó tocar generala, con una calma digna de todo elogio.
Era natural que al ver nuestra gente la inmensa superioridad del enemigo hubiera desmayado o perdido su entusiasmo. Sin embargo, no sucedió así, y al oírse el toque de corneta todo el mundo corrió a sus puestos con la sonrisa en los labios, la esperanza en el corazón y con el placer que se experimenta al defender la patria querida.

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Mientras esto sucedía a bordo, la Covodonga se alistaba en son de combate y se ponía en movimiento.

Casi al mismo tiempo el comandante nuestro tocó el botón de la máquina para hacer nosotros lo mismo; más aún, no había dado dos vueltas la hélice, cuando una de nuestras calderas se rompió, quedando en consecuencia con una y con un andar de dos millas.

La situación no podía ser más difícil; más nadie parecía comprenderla, pues sólo se veía en los semblantes el entusiasmo y deseo de combatir.
Eran las 8.40 y la Covadonga pasaba inmediato a nosotros, cuando el Huáscar hizo su primer disparo, el cual cayó exactamente entre la proa de aquél y la popa de nosotros. En aquel instante se sintió un unísono viva Chile, lanzado por los tripulantes de ambos buques, y poco después el comandante, poniéndose al habla con el capitán Condell, jefe del Covadonga, le ordenaba conservarse en fondo, manifestando así su plan, que era interponerse entre los fuegos del enemigo y la población para que los proyectiles de aquél fueran a herir a ésta.

Apenas habían pasado algunos instante cuando el Covadonga rasgó el aire con su primer disparo, el que fue saludado con un ihurra! general. En aquel momento el combate era sostenido por nuestros buques y el Huáscar; la Independencia avanzaba todavía sin hacer uso de sus cañones. Poco se demoró la Esmeralda en seguir el ejemplo de su compañera, pues una descarga hecha por la batería de estribor hizo conocer al enemigo que a bordo todos estaban resueltos a morir antes que rendirse. Vino a fortalecer el propósito de nuestros tripulantes la voz del comandante, que se expresó en estos términos:

"Muchachos: la contienda es desigual, pero ánimo y valor. Hasta el presente ningún buque chileno ha arriado jamás su bandera, espero, pues, que no sea esta la ocasión de hacerlo. Por mi parte, yo os aseguro que mientras viva, tal cosa no sucederá, y después que yo falte, quedan mis oficiales, que sabrán cumplir con su deber".

carlos_condell138.jpgAl misino tiempo se sacó la gorra y prorrumpió en un ¡Viva Chile! que fue varias veces repetido por nuestra gente llena de entusiasmo.
Sería necesario que usted se hubiera hallado antes en un caso semejante para comprender el entusiasmo que es capaz de despertar un viva a la patria, lanzado por un jefe querido, en aquellos supremos instantes. Le aseguro que a muchos les vi lágrimas en los ojos.

Serían cerca de las nueve cuando la Independencia empezó a ayudar al Huáscar en su obra de exterminio.

Los proyectiles llovían pero hasta aquél instante a nadie herían y un humo intenso cubría el lugar del combate. La Covadonga, allegada siempre a la orilla, trataba de dar vuelta a la isla para pasar al otro lado y dividir así el combate entre buque y buque, lo que consiguió, seguida de cerca por la Independencia.

Causaba no sé qué impresión ver aquel enorme e imponente blindado combatiendo con nuestra pequeña cañonera. Combatían dos cañones de a 76 contra uno de 300, .ocho de 150 y 18 de 70. Por nuestra parte seguíamos batiéndonos con el Huáscar y mientras las balitas de nuestros pequeños cañones rebotaban en el costado de éste sin dejar ni aún el rastro, los proyectiles que él nos lanzaba pasaban más o menos cerca, perdiéndose inmediato a la población.

En aquellos instantes nos batíamos por defender la honra de nuestra nación y cumplir como buenos, mas nos hallábamos completamente seguros de que aquel combate entre fuerzas tan inmensamente desiguales no podría terminar sino con el exterminio de nuestro querido y glorioso buque.
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Nos habíamos acercado mucho a tierra y nos creíamos seguros a los espolonazos cuando una lluvia de balas de cañón y rifle lanzadas desde tierra nos hizo comprender que nos batíamos con dos enemigos, los blindados y el ejército quienes nos tomaban entre dos fuegos.

La primera sangre que corrió fue causada por estos disparos: una de las granadas dio en el estómago a uno de los sirvientes de un cañón, matándolo en el acto, y otra hirió en un brazo a un muchacho, que al ver correr su propia sangre, gritó: ¡Viva Chile!

Momentos después, casi a las dos horas de combate, el Huáscar nos acertaba su primer balazo, el cual, penetrando por babor, salió por estribor, llevándole la pierna a uno, abriendo un agujero como de un metro cuadrado y declarando un pequeño incendio que fue sofocado a tiempo por la gente destinada a ese objeto.

Como continuaran hostilizándonos desde tierra hicimos sobre ellos cinco disparos de cañón, al mismo tiempo que los rifleros hacían un fuego graneado sin interrupción, que era también contestado, causando bajas entre nuestras gentes. Yo me hallaba próximo a la armadura de estribor, junto con el teniente Uribe cuando una granada dio en ella, abriéndola, lanzando lejos al cabulero e hiriendo a un sirviente del cañón en que yo estaba. En esos momentos se acercó a mí el teniente Serrano y me dijo:

"Vamos a la cámara a tomar la última copa"
Lo seguí, allí, después de darme un abrazo, me dijo algunas palabras que indicaban lo resuelto que se encontraba para todo.
Subía por la escalilla a cubierta, impresionado por sus palabras, cuando encontré a un mecánico que también me abrazó, diciéndome: "Señor Zegers, adiós, no hay que darse hasta el último". Le aseguro, querido papá, que aquellas escenas eran de partir el alma a cualquiera. Me causaba no sé qué impresión ver la firmeza con que esperaban la muerte todos aquellos hombres que sin esperanza se batían por defender la patria, dejando algunos esposas y otros madres completamente abandonadas.

Le aseguro que mientras viva nunca olvidaré las palabras de Serrano, una de las personas a quien debo más.
Cuando salí a cubierta, el combate se encontraba en lo más recio. La Esmeralda por librarse de los fuegos de tierra se había hecho un poco más al Norte, lo que hacía que el Huáscar le disparara sin cesar, causando los más terribles estragos. No se veía ni se atendía a heridos porque solo se encontraban cuerpos muiilados sin señales de vida. Yo me dirigí a un cañón e hice varios disparos hasta que el cabo me dijo:

"Señor, déme a mí( la rabiza porque hasta aquí no he tirado casi nada". Se la di y me fui a otro cañón de popa que pronto quedó fuera de combate. Me dirigí de nuevo a proa y al pasar por el cañón que había ocupado antes ví en cubierta el cadáver mutilado del cabo que me había pedido la rabiza; una granada del Huáscar le había volado la cabeza y parte de los hombros, no dejando sino restos cauterizados que humeaban todavía.

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Seguí mi camino a proa, y allí encontré a mi compañero Riquelme que con su valor digno de todo elogio disparaba sin cesar. Me dio la mano y me dijo: "Si la muerte nos es adversa a uno de los dos, espero que ambos sabremos cumplir como amigos y compañeros". Agregó algunas otras palabras y continuó su tarea después que yo le había prometido cumplir con lo que pedía. Subí al castillo, donde me refresqué con un poco de agua con coñac que tenía el teniente Uribe y en seguida me fui de nuevo a popa donde me ocupé en disparar con varios cañones.

Hasta aquel momento no había perecido ningún oficial y a todos los veía en sus puestos, hasta algunos oficiales mayores que, como el contador se ocupaban en ayudar a animar a la gente con su palabra.

El señor comandante con su acostumbrada calma seguía dando órdenes, que eran inmediatamente cumplidas, excepto las que se referían a la máquina, pues ésta apenas se movía.
En su rostro no se veía sino la serenidad y el buen tino, junto con el deseo de morir con honra antes que rendirse.

Eran las doce, y parece que el enemigo se hallaba disgustado de nuestra resistencia, pues deseando concluir pronto, viró un poco y nos puso su proa perpendicular a nuestro costado, dando al mismo tiempo toda la fuerza a su máquina, demostrando así su deseo de hacernos rendir o partirnos en dos.
Al ver esto la gente, en lugar de abandonar sus puestos y buscar su salvación cargó inmediatamente la artillería y esperó en esta posición.

En ese momento yo me hallaba a proa. El enemigo se encontraba ya cerca, cuando se sintió una descarga terrible producida por nuestros cañones que concentrados dispararon sin causar más que rasguños.

Al mismo tiempo los rifleros de las cofias hacían sobre la cubierta un fuego graneado que no hacia gran daño, pues casi todo el mundo se ocultaba abajo.

Pocos instantes después y a pesar de habernos movido lo que la máquina nos permitía sentimos un choque terrible que el Huáscar daba a la Esmeralda en la parte de popa, a babor al mismo tiempo el comandante gritó: ¡Al abordaje, muchachos! , precipitándose él, el primero sobre la cubierta del enemigo; más desgraciadamente la voz no fue bien oída y el Huáscar mandó atrás. Se desprendió inmediatamente, no alcanzando, a pasar nadie más que él y el sargento de la guarnición que era el que estaba más inmediato. Usted puede comprender cuál sería la situación de nuestro bravo comandante al verse acompañado por un solo hombre en la cubierta del Huáscar.

 Los que lo vieron de cerca dicen que, poniéndose pálido y demostrando en los ojos el fuego
patrio, que lo animaba, se adelantó seguro hacia la torre del comandante. ¡Dios sabe con qué objeto! mas desgraciadamente no pudo realizar su deseo, porque en aquel mismo instante recibió un balazo en la cabeza que lo dejó muerto sobre cubierta.

Mientras tanto el sargento había recibido diez o doce balazos, y sentado sobre una bita, se balanceaba profiriendo palabras entrecortadas. En esta posición fue como lo tomaron prisionero.
Debo hacer constar aquí un hecho que nos causó en el entrepuente numerosas bajas. Al dar el Huáscar su espolonazo, disparó a boca de jarro los dos cañones de su torre, cuyos proyectiles fueron a penetrar en el entrepuente causando los más horribles estragos.

Era cosa que partía el alma ver los restos humanos que por todas partes cubrían la cubierta del departamento. Mientras el Huáscar se retiraba, nuestra gente acudía de nuevo a los cañones y rompía otra vez el fuego con más viveza que nunca; sabíamos que nuestros proyectiles no debían causar daño al enemigo, mas nos consolaba el pensar que ellos eran suficientes para demostrar que la tripulación de la Esmeralda sabía defenderse hasta el último momento, salvando así ilesas las gloriosas tradiciones del buque que pisaba.

Al ver el teniente 1° señor Uribe que el comandante había saltado, se fue de proa a popa a ocupar su puesto, y mandando llamar al ingeniero 1° le ordenó que tuviera las válvulas listas para echar el buque a pique tan pronto como se lo ordenase. Venía yo de popa cuando encontré al teniente Serrano, quien me dijo: "Tengo que comunicarte una desgracia: nuestro comandante ha muerto".

No sé realmente lo que pasó por mí al oír aquella noticia; pero ella me hizo comprender que era necesario perecer como él, antes que arriar nuestro glorioso pabellón, que orgulloso flameaba en el palo de la mesana.

"Los boteros de Iquique". Los Cuatro Cuartos.



Comuniqué yo esta triste noticia a mi compañero Riquelme, que fue el primero que encontré haciendo de cabo de un cañón, y fue tal su exaltación al oírme, que saltando del castillo a cubierta, gritó:

" ¡Muchachos, nuestro comandante ha muerto! , corramos, que es necesario vengarlo". Al oír nuestra gente aquellas palabras, se conocía que palpitaba de entusiasmo a ia sola idea de saltar al abordaje sobre la cubierta del Huáscar.

Héroe de Iquique. Microprograma: El Sereno de la Historia.




Serían las 12.30 y el enemigo como a 300 mts. continuaba sus disparos sin interrupción, causándonos inmensas bajas con cada una de sus granadas. Usted comprende que a esta distancia era imposible errar tiro. Mientras tanto, se alistaba para darnos la segunda embestida y al mismo tiempo nosotros gobernábamos para evitarla; pero desgraciadamente el buque apenas se movía y el segundo choque tuvo lugar diez veces más terrible que el primero, disparándonos como en aquélla las dos piezas de su torre.

Al juntarse los dos buques, el teniente Serrano, revólver y espada en mano, gritó: ¡Al abordaje! y
la gente se lanzó al castillo con ese objeto; mas el comandante Grau que tal vez previa esto, hizo inmediatamente atrás; sólo alcanzó a saltar Serrano acompañado de doce valiente más. Yo lo vi cuando avanzaban por el castillo del Huáscar, bajando en seguida a la cubierta y acercándose a la torre al pie de la cual recibió el teniente Serrano un balazo que lo tendió en cubierta, alcanzando a decir a los que tenía al lado: "¡Yo muero, pero no hay que darse, muchachos! "

Los valientes trataron de cumplir con esta orden, pero fueron muertos a bala o quedaron sin cartuchos que poder disparar. Ametralladoras situadas a popa barrían con todos. La Esmeralda, que había salido sin gran daño del primer espolonazo, sufrió inmensamente en el segundo, empezando a hacer agua por la proa, lo que hizo que se anegara la Santa Bárbara y apagaran los fuegos de las máquinas. Casi a un mismo tiempo subieron sobre cubierta el condestable y el ingeniero 1°, ambos a avisar al teniente 1°, lo que pasaba en sus departamentos.

Bajaba el 2° de la toldilla a decir lo ocurrido, cuando vino una granada que lo hizo desaparecer.
Escenas como éstas se repetían a cada momento, pasando desapercibidas a causa del estruendo de los cañonazos y del fuego que dominaba a la gente. Como usted ve, el buque quedaba lo mismo que una boya, sin gobierno y sin máquina y esperando .por momentos hundirse con todos sus tripulantes; sin embargo de esto, el entusiasmo de los pocos que quedaban en cubierta no desaparecía, y tres o cuatro cañones que aún tenían cartuchos seguían disparando para sostener hasta el último instante la enseña del poder naval en el Pacífico.

El Huáscar no cesaba sus fuegos, y la dirección que tomaba nos hizo comprender que aprovechándose de nuestra inmovilidad, no haría tardar mucho su tercer espolonazo.
En efecto, era la una y un minuto cuando sentimos el choque, más terrible aún que el anterior, sintiendo al mismo tiempo las detonaciones producidas por los terribles cañones del enemigo que esta vez produjeron estragos mucho mayores que los anteriores; una granada penetró por estribor, debajo de la toldilla, mutilando horriblemente a unos y matando instantáneamente a otros.
En aquel lugar se encontraban muchachos de doce a catorce años, ayudantes del timonel, que quedaron vivos, pero horriblemente heridos, lanzando alaridos capaces de enternecer al hombre de corazón más duro.

Un cabo de la guarnición, llamado Reyes, que sabía tocar la corneta, al ver que el buque había sucumbido, la tomó y siguió tocando ataque con una firmeza admirable hasta que vino una granada que le voló la cabeza.
Si esto era horrible, querido papá, aún falta lo peor. Se hallaban en la sala de armas listos para salir a cubierta, los ingenieros Mutila, Manterola, Gutiérrez, que habían abandonado la máquina por estar llena de agua, junto con los mecánicos Torres y Jaramillo, el sangrador, el maestre de víveres, el despensero y dos carpinteros, cuando vino una granada que los destrozó a todos, no dejandp vivo sino a Segura, que también estaba con ellos y que no sabe darse cuenta del modo cómo ha salvado.

Igual suerte corrieron diez infelices heridos que se hallaban acostados después de haber recibido la primera cura.
El buque se hundía rápidamente de proa; sin embargo, aun se oían algunos disparos que indicaban que todo el mundo permanecía en sus puestos. En aquellos supremos instantes estábamos casi todos los oficiales en la toldilla y decidieron esperar que el buque se sumergiera. Ya la proa, desaparecía bajo las aguas, cuando se sintió un último disparo, al mismo tiempo que un ¡Viva Chile' lanzado por los pocos sobrevivientes, demostraba a los observadores de aquella horrible tragedia, el valor de que eran capaces los hijos de nuestra  noble tierra.

Casi inmediatamente el buque se hundió con todas sus banderas: la del jefe al tope de la mesana, la de guardia en el trinquete, el gallardete al mayor y las nacionales al palo de la mesana, pues se había tomado la precaución de izar otra por si acaso faltaba la primera.
Tal fue el fin de la Esmeralda, que hasta el último instante supo conservar sus honrosos antecedentes, prefiriendo sucumbir antes que arriar su pabellón.
Cuando el buque se hundió yo estaba en la toldilla y casi al mismo instante sentí hundirse el buque bajo mis pies y el torbellino inmenso que formó el buque al desaparecer bajo las aguas.
Permanecí por algunos instantes sin saber lo que me pasaba, y Dios solo sabe cómo me salvé. Cuando saqué la cabeza fuera del agua, vi al Huáscar y una especie de nata formada por cincuenta o sesenta cabezas junto con diferentes trozos de madera, restos del buque.

Yo que, como usted no lo ignora, sé nadar, traté de irme a tierra, y junto con dos marineros que sabía eran buenos nadadores, nos prometimos ayudarnos mutuamente.
Yo veía cerca al Huáscar y veía también sus botes que trataban de salvar a los náufragos, mas no sé qué instinto me obligaba a huir de ellos; pero el bote avanzaba con gran ligereza y pronto sentí sobre mi cabeza la voz de un oficial que me decía subiera al bote. No teniendo otra cosa que hacer, subí y allí encontré a varios otros compañeros que ya habían sido recogidos. Pregunté por Riquelme y tuve el gran sentimiento de saber que había perecido. Recogimos a varios otros, y pronto llegamos a bordo, donde fuimos bien recibidos.
Allí permanecimos cuatro horas, viniéndonos en seguida a tierra, donde
permanecimos como prisioneros de guerra. Nos tratan bien. Estamos alojados en el cuartel de bomberos.
Vicente Zegers R.

 ( 1) Arturo Prat Chacón había nacido el 3 de abril de 1848 en Ninnue, en la hacienda de San Agustín de Puñual.

** La Esmeralda era una corbeta de madera de 850 t de desplazamiento construida en 1855. Su armamento estaba compuesto por 12 cañones de 40 libras. Su sistema de propulsión era mixto, máquina a vapor y vela. Al momento de entrar en combate sus máquinas estaban en mal estado de mantenimiento y sólo eran capaces de propulsar el buque a una velocidad de 4 nudos, los que se redujeron a 2 nudos al estallar sus calderas.

** El Huáscar, es un buque blindado de 1.745 t de desplazamiento construido en 1865. Cuenta con un blindaje de 4,5 pulgadas de espesor y su armamento principal estaba constituido, en esa época, por 2 cañones de avancarga Armstrong de 300 libras ubicados en una torre giratoria blindada, además de 2 cañones de a 40 pdr, uno de 12 pdr y una ametralladora Gatling de 0,44 pulgadas. Su sistema de propulsión era también mixto, máquina a vapor y vela siendo capaz de alcanzar una velocidad máxima, el día del combate, de 10,5 nudos.

Los poetas populares también sacaron sus versos para "estampar" este combate en todos los chilenos. Acá un documento del folklore, en la Lira Popular, en pliego: "Principio del combate naval entre el Huáscar, Esmeralda, Covadonga i la Independencia". Calle de Zañartú N° 8 (entre San Pablo i Sama). Colección Alfonso Lenz 5,27, mic 27. Versos de Rosa Araneda.

DEL COMBATE NAVAL,
ENTRE EL "HUÁSCAR", "ESMERALDA",
"COVADONGA" I LA "INDEPENDENCIA"

Dos blindados se batieron
Con las naves de madera,
Por no rendir su bandera
En el mar se sumerjeron.
Cuando ya vieron venir
A los buques enemigo,
La Esmeralda, como digo
Se preparó a combatir.
Se principió a resistir,
I un fuego nutrido hicieron;
Su vida la dispusieron
"En peligro i varios nejos,
I con nuestros buques viejos
Dos blindados se batieron.
En la bahía de Iquique,
Fue el combate de opinión,
El Huáscar con su espolón
Echó la Esmeralda a pique.
Mas la Independencia al dique,
No pudo ir a la lijera,
Porque quedó la altanera
Blindada para podrirse,
Sin que pudiera batirse
Con las naves de madera.

La mui gloriosa Esmeralda
En las hondas se ocultaba,
I su tricolor flameaba
Como preciosa guirnalda.
Su Comandante la espalda,
No volvió a la lijera,
Saltó el Huáscar de manera
Con otros de su coraje,
Mas bien se fue al abordaje
Por no rendir su bandera.
Ya viéndose sin amparo
Peleando su buena tropa,
Con un cañón de la popa
Hizo el último disparo.
Les costó el combate caro
Porque perdidos se vieron,
Al abordaje se fueron
Con cañones i fusiles,
Al grito de ¡Viva Chile!
En el mar se sumerjeron.
Al fin, Prat, el valiente
En la cubierta murió,
I su nombre se esparció
Hasta el confín del oriente.
Por lo heroico i lo potente
Vale mas que un gran tesoro;
Su nombre, según imploro
Debe de ser respetado
I que estuviese grabado
Con caracteres de oro.

En pliego: Principio del combate naval entre el Huáscar.
Esmeralda. Covadonga i la Independencia. Calle de
Zañartu. N* 8 ( entre San Pablo i Sama). Col. Lenz 5. 27, mic 27.

Fotografías: 1) Corbeta Esmeralda. 2) Monitor Huáscar. 3) Arturo Prat Chacón. Comandante de la corbeta Esmeralda. 4) Miguel Grau Seminario. Almirante del Monitor Huáscar. 5) Pintura del Combate Naval de Iquique. De la web: armada.cl ( Museo Virtual de la Guerra del Pacífico). 6) Juan Williams Rebolledo con uniforme de Capitán de Fragata en 1865. 7) Carlos Condell de la Maza, Comandante de la Covadonga y vencedor de Punta Gruesa. 8) Grupo escultórico del Monumento a las Glorias Navales. Destaca la egregia figura del Capitán Arturo Prat Chacón, del que se ha dicho que la generosidad de su sacrificio hizo invencible a Chile. Después de su hazaña ningún chileno fué capaz de retroceder o de rendirse. El monumento es creación del arquitecto Gustavo García Pantoja y las esculturas son realizaciones del escultorJosé Caroca Laflor. 9) Comandantes y Oficiales del acorazado Cochrane en el Combate de Angamos. En la segunda fila, a la derecha del capitán don Juan José Latorre, está el capelllán don Camilo Ortúzar Montt, quién será más tarde el primer salesiano chileno.