miércoles, 8 de febrero de 2017

Chile Colonial, una mirada a nuestro país. Inicio.



Buscando información, me encontré con este escrito en un libro de mi biblioteca, y lo traje para ustedes, ya que existe muy poco de Benjamín Vicuña Mackenna en libros (ya no publican) donde nos da una imágen de Chile en La Colonia.
Por supuesto, que a su manera. Va el escrito, que espero disfruten.

CHILE COLONIAL
(UNA. INTERPRETACIÓN DE VlCUÑA MACKENNA).




En una cama de pellones, con un burdo rebozo de bayeta echado a la cabeza, que le tapaba las sienes y la vista, el alma remojada en agua bendita y los labios húmedos de vaporoso chacolí, dormía Chile, joven y gigante, manso y gordo huaso, semibárbaro y beato, su siesta de colono, echado entre viñas y sandiales, el vientre repleto de trigo, para no sentir el hambre del trabajo, la almohada henchida de novenas y reliquias para no tener miedo al diablo y a los espíritus en su lóbrega noche de reposo.

No había por toda la tierra una sola señal de vida, y sí sólo de hartura y de pereza. Apenas los volcanes exhalaban sus lánrguidos bostezos y la mar que se mece a sus faldas, al soplo de las brisas, respondíales arrullando sus olas con indolente y plácida molicie, lío se divisaban velas en el horizonte que vinieran a aquella isla de la América amasada de prados y de ríos, cual inmenso brazo de esmeralda vetado de lápiz-lázuli, que tiene a su frente un mar líquido y llano, y a su espalda otro mar petrificado en gigantescas olas.


Vivían entonces las gentes como en el paraíso musulmán, sólo de baratos deleites, sin codicia de lo ajeno, ni aun del cielo. Los campos estaban empapados de leche, las flores destilaban miel, los árboles llovían sus frutos sazonados al remecer sus troncos suculentos, y las anchas acequias de los riegos tenían por tacos el oloroso residuo de los naranjos y limoneros de las huertas, que soltaban sus pomos de oro y sus racimos de azahares, al leve beso del ambiente, sin que hubiera manos que bastaran a cogerlos.

Las selvas eran seculares, y los prados nacían cada primavera. Hervían las montañas de bravios animales, sujetos a provecho, y sus mujidos selváticos alegraban las soledades en que el hombre era obedecido como rey, cuando bajaba a la llanura sus inmensos rebaños, mezclando a sus balidos el rústico cantar de los vaqueros.

Las aves mismas parecían decir trinos más dulces en aquellos apacibles climas donde la flor de los almendros y de los jazmines daba a sus canoros picos el aroma de sus pétalos, abiertos con la aurora; y aun de aquellas decíase que a veces iban por los valles y colinas proclamando en sus gorjeos el nombre de una tierra que llamaron Chile! porque sus conquistadores oyeron este nombre a un pajarillo.

Y así, Chile todo era un campo, un surco, una rústica faena, y el huaso era en consecuencia el señor, el tipo, el hijo predilecto de aquella tierra que repugnaba las ciudades, fundadas sólo a fuerza de decretos y pomposos privilegios.
¡Tal era el país!

Mas las ciudades tenían ya un aspecto lóbrego y un ceño de decadencia y de tristeza aun antes de estar construidos sus solares. Sabían a adobe y agua bendita, como los campos a violetas y canelos, y sus orgullosas torres no eran muchas veces sino los falsos fantasmas de la miseria y de la nulidad que ostenta el hombre congregado en muchedumbres. Aquel campanario señalaba el cementerio, esta torre el hospital, la otra más distante era un tribunal o un presidio.
La capital pasaba por el portento del reino, y sin embargo había sido edificada a manera de un inmenso convento en que cada casa era una espaciosa celda, anexa al claustro.

Y así, en cierta manera, era preciso, porque de sus hijos más genuinos, de los santiaguinos netos retoños de la savia colonial, el que no era padre maestro era hacendado, y vivía entonces apartado en su estancia o en su quinta. La cogulla y el trigo formaban los grandes artículos de
la explotación social y mercantil, los destinos envidiados, la misión de cada uno, si es que en el tiempo que duraron las colonias hubo en ellas
otra especie de misión que la de los curas por cuaresma, con azotes y primicias. ..

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La sociedad por su parte se amoldaba a esas formas tristes de la morada y adquiría los hábitos monótonos de la vida conventual. La Pascua y el Carnaval eran sus solos días de gala y alegría, cuando se experimentaba un deleite loco, un frenesí delirante por la challa y la chacota.

¿Cuál fiesta entonces como un esquinazo con cueros de carnero? ¿Cuál meteoro más digno de la astronomía criolla y colonial que el lampo y la cauda de los voladores en la callada noche? ¿Cuál orquesta como un repique general de todas las campanas al perpetuo entrar y salir de las imágenes que van en procesión?
Llamábanse a aquellas costumbres patriarcales, y consisten en mudarse camisa de ocho en ocho días, en afeitarse cada mes, oír misa todos los días, asistir a todas las novenas, dormir la siesta y casarse, porque el matrimonio era también una costum¬bre patriarcal, y ninguna más digna de ese nombre, si es cierto lo que se dice de los antiguos patriarcados, que eran pueblos formados por la prole de un solo hombre.

El matrimonio chileno era pues esencialmente fecundo; y por esto cada óleo formaba un aniversario de familia, y si el padrino era el Presidente o un oidor abajo venía el mundo y las campanas sudaban noche y día, lloviendo por toda la comarca un chubasco de repiques.

Las mujeres, en consecuencia de aquella organización reproductiva, estaban clasificadas en tres órdenes jerárquicas,, y éstos eran el de las casadas, las monjas y las solteronas. La primera estaba consagrada al culto del hombre, la segunda al de Dios y la tercera al de los santos.

Pero el culto del hombre no era el amor; era sólo la prole, y la prole no era la maternidad, sino los partos. No había madres y sí solo nodrizas, y amas secas. La mujer casada daba a luz su fruto, pero el matrimonio disputaba al hijo su regazo y la santa misión de la infancia era el sacerdocio de las chinas y las zambas mayorales de la servidumbre.

Las monjas por su parte tampoco eran sacerdotizas; eran sólo cocineras, y ningunas de mejor sabor en la ciudad.

¿Qué lentejas como las de las Claras? ¿Qué chocolate como el de las Agustinas? El candido velo de la desposada del altar estaba convertido en la sabrosa toalla de la novicia, y cuando el apetitoso guiso salía humeante por el torno y entraba por la otra vuelta el real y medio de su precio atado a la punta del pañuelo, la madre portera decía santiguándose con la moneda: alabado sea Dios! y cuando el real y medio llegaba a la madre abadesa, exclamaba ésta: alabado también sea! Y todavía cuando el padre capellán lo embolsillaba, repetía a su vez: ¡alabado y amén!

En cuanto a las solteronas, que eran la última categoría del bello sexo colonial, apenas pasaban por seres femeninos. Cuando más, y como por favor, solían ser tías, cuñadas o comadres.
Y entre todas, la mujer social, el tipo divino del amor, la misión única sublime que salva la humanidad enseñando al niño, átomo de arena o de diamante que irá a ser lodo o luz en el gran todo humano, según el pulimento que reciba de la materna mano, esa mujer no existía. Esa mujer estaba prohibida casi como un pecado. Nunca entonces un labio tembloroso dijo a la rejilla del confesionario santiaguino la culpa de su amor porque el pecado de amar no tenía absolución.

El adulterio sí podía dispensarse corriendo los autos por la curia. La mujer cumplida era la que sabía de todo, y el todo de la domesticidad colonial era hacer dulces y miñaques. Mas ¡ay! de aquella que además de esto supiera leer en cartas!,.. Verdad es que no había entonces correos ni buzones, que hoy con el progreso los hay que llegan hasta el cielo, pues la virgen se ha comedido a ser cartera, y aunque el postillón pida caro por el viaje, es preciso no olvidar que la travesía es algo larga...
Pero al fin, el niño destinado a ser colono salía de las faldas de las mulatas regalonas para ir a la aula conventual, y al poco tiempo volvían ya doctores en latín para ayudar a misa y decir Dóminus tecum! cuando alguna soñolienta beldad estornudaba en la tarima.

Toda la literatura patria estaba en los sermones y en los autos de la Audiencia, y de aquellos no había sermón sin San Antonio, excepto los de los jesuítas, enemigos empecinados de aquel santo porque era abogado de lo ajeno y lo perdido. Los franciscanos y dominicos tenían al contrario en sus discursos algo de la celestial urbanidad, de sus patriarcas, pues uno predicaba en Valparaíso, y lo oyó un viajero que lo cuenta (1), que «confusa la virgen al ver llegar al uno cuando el otro estaba ya sentado entre ella y el Eterno, rogóle a éste se hiciera un ladito para que ambos santos no se separaran ni en el cielo...».

Y así, con este aprendizaje, fuese haciendo la pedantería un contagio tan extenso, que cuando hubo de fundarse la Universidad de San Felipe para poner remedio, era ya tarde, y los doctores nuevos se hicieron por excelencia en el foro, o en el pulpito, únicas tribunas del saber, los más insoportables majaderos de su edad.

¡Tal fue la sociedad de las colonias!

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¿Y el pueblo? El pueblo era un individuo que se vestía de jerga y de tocuyo. Llamábanle por esto roto, y a la comunidad del pueblo llamáronla en consecuencia rotería, y como tal vivía el pueblo colonial la descansada vida de la inercia, harto de los abundosos bienes de la madre tierra.

El tiempo era sólo para la muchedumbre un cielo de vegetación y crecimiento que se abría con el alumbramiento de la madre, y concluía en la pala del sepulturero. El hombre moral que vivía bajo el poncho, era la nada; el estómago era todo; y por esto el colono proletario contaba los años y medía la diversidad de las estaciones sin otro barómetro que la mudanza de su fácil alimento.

Así, el invierno era sólo el zapallo asado, y el verano los sandiales. No había otro trabajo que la aguja y la tijera de los gremios. La industria no pasaba más allá de las esteras y capachos, y el mayor de los inventos nacionales era el de los frenos de Peñaflor o los herrajes plateados de Coquimbo, pues era fuerza que la civilización del hombre de a caballo debía comenzar por su montura.

Su religión eran sus temores de las llamas del infierno, y su virtud la índole de la naturaleza, sin mejora ni extravío, porque el roto era por fortuna de una casta generosa, incapaz de desenfrenarse por los vicios. Una pasión solamente encontraba en su alma raíces hondas y ardientes, como el fuego del acarno que temían, y ésta era el fanatismo religioso y las supersticiones de los hábitos caseros, «que le hacían vivir en atroz comunidad con las ánimas, los brujos y demonios. Tenían en consecuencia en la corte celestial sus defensores y patrones y sus hermandades y cofradías en la tierra.

El pueblo era entonces tan pechoño como es hoy; y si hubiera visto impasible destruirse una nación por un derecho o una conquista, no habría quedado dentro de su vaina un solo cuchillo «hileno si fuera en defensa de una espina de la corona del Señor de Mayo, que sujeta los temblores, o para recobrar una perla del rosario de la virgen de Andacollo, que sana de las reumas y chabalongos.
¡Tal era el pueblo colonial!

Y en un orden moral más elevado, pasando de los detalles a la esencia, de los incidentes de familia a la organización social, de la anécdota a la historia, cuál era la vida y la inteligencia, cuál la dignidad de hombre, cuál la humanidad en sí misma considerada como progreso eterno y como acción constante, en el inamovible coloniaje! ¿Cuál era el individuo en su rol de ciudadano, cuál era la juventud en su misión de enseñanza y de propaganda, cuál la mujer como emblema de ternura y consagración, y cuál, en fin, el pueblo como trabajo, como desarrollo, como porvenir?

En ninguna parte, ciertamente se sentía aún el presagio de aquella maternidad sublime de que la América venía sintiéndose inquieta con el germen de catorce naciones, y de que Chile, como una de sus extremidades, no apercibía sino síntomas lejanos.

Por esto era que aquel joven Reino de Chile dormía, como decíamos, a la manera de uno de esos colosos de la fábula, tendido en sus trigales y a la sombra de sus higueras de mitológico follaje. Y quién entonces sería, osado de irle a despertar en su :limado sueño, lleno de selvático vigor? No fuera que poseído en la fiebre de su prolongada pesadilla, arremetiera a los intrusos que le llamaban a la vida, y les echase lejos de sí derribándoles por tierra...!

Y tal había de suceder, porque los primeros en llegar a la fatídica cuna, los más solícitos en sacudir el letargo de los siglos, los más audaces en la empresa de redención, sucumbirían a la fatiga de su colosal iniciativa; y así cuando la revolución salió de su centro, desolada y aturdida con el rumor y con la luz, la lápida que le cubría se derribó sobre los obreros que la alzaban, ruando su destino. Y entonces Rosas fue a morir insano en el destierro, y Rojas a la vuelta de Juan Fernández, y los Carreras en los patíbulos, y O'Higgins en el ostracismo, y Henríquez en el olvido, e Infante, el último centinela que aun quedaba sobre los escombros de la brecha, en la soledad y la pobreza, tenido por visionario y por demente!... Y aun los neófitos de su gloria, que nacían casi a la par con esa deidad que comenzó a llamarse Patria, irían cayendo en torno de su enseña, y levantándola cada vez más alta. Cruz en San Carlos, Gamero en Chillan, Cáceres en el Membrillar, Ibieta en Rancagua,
Cienfuegos en Arauco, Larraín en Cancha Rayada, Bueras y Gana en Maipo.

Sublime sacrificio de una generación toda de héroes y toda de grandes hombres!

(VICUÑA MACKENNA. — Ostracismo del General D. Bernardo O'Higgins; página 83).

Bibliografía: "Imágenes de Chile. Vida y costumbres chilenas en los siglos XVIII y XIX a través de testimonios contemporáneos. Selección y notas de Mariano Picón-Salas y Guillermo Feliú Cruz. Editorial Nascimiento. Santiago 1938. Chile.

(1) Frezier.

Fotografías: 1) Benjamín Vicuña Mackenna. 2) "Mujeres de la Colonia", Pedro Subercaseaux. 3) Andacollo (26 diciembre 1836)  por Claudio Gay- 1800-1873. Atlas de la historia física y política de Chile / por Claudio Gay. París : En la Impr. de E. Thunot, 1854. Fuente: Biblioteca Nacional de Chile. 4) Vendedores en las calles; aguatero; yerbatero; panadero; sandillero. Atlas de la historia física y política de Chile / por Claudio Gay. París : En la Impr. de E. Thunot, 1854. Fuente: Biblioteca Nacional de Chile.

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